Por Pedro Armando Guerrero Perdomo
Comunicador Social y Periodista en Formación – Universidad del Tolima

Cerámicas negras de La Chamba, elaboradas artesanalmente por Eduardo Sandoval Valdés. Foto: Pedro Guerrero
A tan solo una hora de Ibagué, en el municipio del Guamo, Tolima, se encuentra el centro poblado La Chamba, un territorio donde el barro cobra vida en manos de hombres y mujeres que, moldean con paciencia y orgullo una de las tradiciones artesanales más emblemáticas de Colombia, la cerámica negra de La Chamba.
En este pequeño rincón a orillas del río Magdalena, el tiempo parece detenerse. Las calles polvorientas conducen a talleres familiares donde el olor a leña se mezcla con el sonido del pulido de las piezas. Cada casa es un espacio de creación, donde las manos de las artesanas transforman la tierra en arte, en identidad, en historia.
El arte que nace de la tierra
Las piezas elaboradas en La Chamba, ollas, cazuelas, platos y figuras decorativas son reconocidas por su color negro brillante, un acabado que no proviene de pintura, sino de un proceso ancestral que combina el fuego, el humo y el conocimiento heredado.
Según el Ministerio de Cultura de Colombia, en su publicación Los Cuadernos del Barro: La Chamba, esta tradición tiene raíces en la cultura Pijao, cuyos pueblos elaboraban piezas con fines ceremoniales y utilitarios. La técnica del ahumado, hoy sello distintivo de la región surgió en la década de 1930, cuando un accidente durante la quema dio origen al color oscuro que hoy caracteriza a sus productos.

Piedras ágata traídas del Brasil, utilizadas por los artesanos de La Chamba para dar brillo a las cerámicas negras. Foto: Pedro Guerrero
En medio de esta comunidad trabajadora sobresale el maestro Eduardo Sandoval Valdés, reconocido por el mismo Ministerio como uno de los artesanos más destacados de La Chamba. Vive junto a su hermana en la casa materna, donde continúa trabajando con las arcillas del río Magdalena y de otras minas cercanas. No se limita a extraer tierra del río también obtiene material de distintos lotes o lo adquiere mediante compra. Para garantizar la calidad de cada pieza, combina barro liso con una proporción de barro arenoso, logrando así la textura y resistencia que caracterizan a la cerámica de La Chamba. Su arte consiste en miniaturas que retratan la vida cotidiana del Tolima: burros, gallinas, hornos, barquero, figuras como el mohán o del maestro Fernando Botero y que recuerdan la esencia del campo y el oficio.

Eduardo Sandoval, artesano de La Chamba, pila la tierra con la que elaborará las tradicionales cerámicas negras. Foto: Pedro Guerrero.
Su testimonio refleja el alma de un oficio que no solo se hereda, sino que se siente y se vive. En La Chamba, el trabajo artesanal es un ritual de cuidado, de respeto por los materiales y de amor por la tierra.
Audio 1. 🎧 Escuche al artesano Eduardo Sandoval Valdés hablar sobre su vida y el proceso artesanal de la cerámica negra de La Chamba.
De La Chamba a Ibagué, un viaje cultural
La conexión entre La Chamba e Ibagué no es solo geográfica, sino también cultural. La capital musical del país y el centro artesanal del Tolima comparten una misma raíz: la creatividad de su gente.
El recorrido entre ambos destinos, de poco más de una hora, permite a los visitantes disfrutar de una experiencia auténtica: observar cómo se extrae el barro, cómo se moldea una cazuela o cómo el humo tiñe las piezas hasta volverlas negras como la noche.
El turismo cultural ha permitido fortalecer la economía local, las familias de La Chamba participa directa o indirectamente en la elaboración de cerámica. El visitante no solo compra un objeto, se lleva una historia, una tradición viva.
El barro como símbolo de vida
Hablar de La Chamba es hablar de identidad y resistencia. En cada pieza hay una historia, la del barro que nace del río, la de las manos que lo moldean y la del fuego que lo transforma. La tradición se mantiene gracias a la comunidad, que ha sabido combinar la herencia ancestral con nuevas oportunidades de mercado.
El Festival del Barro, celebrado cada dos años, reafirma ese orgullo colectivo. Allí se premian las mejores piezas, se cuentan historias y se celebra la continuidad de un arte que ha sobrevivido al paso del tiempo.
Como dijo el maestro Eduardo Sandoval Valdés en la entrevista:
“Es un trabajo muy bonito que se puede mostrar no solo en Colombia, sino a nivel mundial.”
Una frase que resume no solo su oficio, sino también la esencia de La Chamba y de todo un pueblo que sigue moldeando, con cada pieza, la memoria del Tolima.

Imagen 4. Horno de barro del artesano Eduardo Sandoval Valdés, donde cocina las piezas y ollas de cerámica elaboradas en La Chamba. Foto: Pedro Guerrero
