Rosalía y la semana en que el pop volvió a sonar sagrado

En medio del ruido, una voz eligió el silencio. Rosalía regresa con Lux, un álbum que transforma el pop en plegaria.

Por Virgil

La portada del disco ‘Lux’ en la plaza de Callao de Madrid.                                                                                                                                      Imagen: Carlos Luján/Europa Press/IMAGO

Hay semanas en las que la música no es un simple ruido de fondo, sino una experiencia casi espiritual, no solo acompaña, sino que se convierte en un lenguaje secreto. Esas semanas llegan sin aviso, como si el calendario decidiera regalarle al oído una tregua. Son esos días en que los lanzamientos parecen alinearse como planetas, recordándonos que el arte aún puede estremecer. En la primera semana de octubre regresaron nombres gigantes, se estrenaron colaboraciones impensadas, y un halo de expectativa se levantó sobre los lanzamientos globales.

Katy Perry reapareció con Bandaids, un sencillo que retoma su vena pop más luminosa; Pablo Alborán presentó KMO, un álbum intimista y melódico; Armin van Buuren nos entregó Piano, un proyecto que sorprende por su sobriedad minimalista; y Bizarrap, junto a Daddy Yankee, encendieron la conversación digital con la BZRP Music Sessions Vol. 0/66, un homenaje y despedida a una era del reggaetón.

Y sin embargo, en medio de esa avalancha de estrenos, una voz distinta brilló por encima del ruido. Una voz que no gritó: rezó.  en medio de todo ese ruido mediático, hubo un silencio luminoso que lo cambió todo
Esa voz fue la de Rosalía, con su nuevo álbum Lux, una obra que se siente más como una experiencia mística que como un producto comercial.

Un retorno hacia la luz

Desde los primeros segundos de Lux, uno percibe que algo ha cambiado en Rosalía. No es un disco que se escuche: se atraviesa. e la primera pista, Sexo, Violencia y Llantas, la artista española nos sumerge en un espacio sonoro que roza lo sacro. Si Motomami fue una explosión de ironía, caos y experimentación urbana, Lux es su contracara: un álbum construido desde la serenidad y la devoción. Es un trabajo que invita al recogimiento, pero no desde la quietud, sino desde el asombro.

Al escucharlo, uno tiene la sensación de estar dentro de una catedral hecha de voces y ecos, donde cada palabra vibra entre lo divino y lo humano. Las canciones están cuidadosamente ensambladas con un concepto casi litúrgico. Rosalía parece buscar un equilibrio entre lo terrenal y lo celestial: los coros recuerdan a los cantos gregorianos, los órganos dialogan con los sintetizadores, y su voz se eleva con una pureza que roza lo religioso.  Las melodías parecen pedazos de plegarias lanzadas al aire digital.

Canta en catorce idiomas, catalán, español, inglés, francés, alemán, árabe, hebreo, italiano, japonés, latín, mandarín, portugués, siciliano y ucraniano, no como un ejercicio de virtuosismo, sino como un intento por desbordar las fronteras del lenguaje. La multiplicidad lingüística es aquí una búsqueda espiritual, una plegaria polifónica que abraza al mundo. Como si intentara alcanzar un idioma universal para el sentimiento.

Entre las canciones,  hay joyas que brillan con fuerza propia. No soy un oyente asiduo de Rosalía, pero Lux me sorprendió por su capacidad de construir una experiencia sonora que no busca agradar, sino conmover. Es un álbum hecho desde el riesgo y la emoción.

Mi compañero Blumenkranz, más escéptico con su obra previa, también encontró en este disco algo distinto. Para él, Lux conserva el carácter experimental de Motomami, pero con una elegancia sacra, una calma que se impone incluso en los estallidos melódicos.

Berghain emerge como el corazón palpitante del disco. Desde mi escucha, es una joya que logra lo improbable: fundir lo orquestal con la electrónica sin que ninguna parte se imponga. La colaboración con Björk añade una textura celestial, una especie de canto etéreo que se eleva sobre un mar de cuerdas. Hacia el final, la entrada de Yves Tumor rompe la armonía: su intervención suena como una súplica furiosa que devuelve el caos a la composición.

Para mí, Berghain es una misa electrónica. Su estructura se asemeja a una liturgia donde lo sagrado y lo profano se confunden. Es, quizá, la canción que mejor representa el espíritu de Lux: la tensión entre el rezo y la carne, entre la calma y el arrebato.

Blumenkranz, por su parte, la describe como “una pieza agresiva, una composición de Vivaldi bañada en metal”. Para él, la canción destila una energía que no renuncia a lo experimental, pero que por primera vez logra un orden interno, una dirección. Coincidimos en que es la obra maestra del álbum, pero divergimos en su interpretación: yo la veo como ascensión; él, como estallido.

El cierre del álbum, Magnolias, es una despedida majestuosa. Empieza con un piano tenue, casi una respiración, y crece hasta convertirse en un himno. El órgano final, poderoso, solemne, da la sensación de clausura, como si cada nota fuera una vela que se apaga lentamente.

La letra, “Yo que vengo de las estrellas, hoy me convierto en polvo pa’ volver con ellas”, encierra una belleza melancólica, un gesto de humildad frente al universo. Es el tipo de frase que no necesita interpretación: sólo silencio.

Compartimos la fascinación por esta pieza musical, Blumenkranz la considera su favorita por la forma en que equilibra fuerza y delicadeza. “Es clásica, elegante, una canción que se sostiene en su propio peso”, me dijo. Yo, en cambio, la percibo como un réquiem íntimo: una pieza que no busca ser escuchada, sino comprendida.

Y si para mí Memória es el corazón emocional del disco, para él lo es Sexo, Violencia y Llantas, una apertura que define el espíritu del álbum: “clásico y elegante, con un aura agresiva y una letra que hiere”, me dijo.

Memória, con la participación de la portuguesa Carminho, es un canto a la nostalgia. La mezcla del español y el portugués le da un carácter universal; es una conversación entre dos almas que se resisten a ser olvidadas. El piano y los violines la envuelven en una melancolía que duele.

Sexo, Violencia y Llantas, el tema de apertura, fue para Blumenkranz el punto de inflexión: “ahí entendí que Rosalía no iba a repetir fórmula”, me dijo. El título puede sugerir provocación, pero la canción es una especie de invocación: un tema que combina un aura clásica con una tensión constante. En su melodía ascendente hay algo agresivo, casi ritual.

El eco de la crítica y la fe del oyente

 IG: rosalia.vt

La crítica internacional ha sido unánime: Lux es una obra monumental. Rolling Stone le concedió cinco estrellas, y Metacritic lo calificó con 98/100, proclamándolo como “un hito del pop contemporáneo”. Pero más allá de los aplausos, hay algo en este disco que desborda la crítica. Es un trabajo que exige entrega. Este disco es una sensación extraña de calma, como si al final del caos, el sonido nos devolviera la fe.

No se trata solo de un álbum: es una declaración de principios. En una industria que privilegia lo inmediato, Rosalía se atreve a construir una obra lenta, reflexiva, espiritual. Su riesgo es su triunfo.

Blumenkranz lo resumió con precisión: “No me ha convertido en fan, pero sí en creyente de su arte.” Quizá por eso, mientras el pop sigue buscando la fórmula del éxito, Rosalía ha decidido buscar lo sagrado en el ruido. Y lo ha encontrado.

Escuchar Lux es asistir a un ritual. Hay algo de antiguo en su modernidad, algo de humano en su divinidad. Es un álbum que invita a detenerse, a recordar que la música, cuando se hace con fe, aún puede ser un acto de salvación.

Entre tanto ruido digital, Rosalía ha compuesto un rezo. Y, por unos minutos, el mundo ha vuelto a guardar silencio para escucharla.

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