“En el aniversario número 40 de la tragedia, el país vuelve a mirar a Armero
para recordar, honrar y reflexionar”
Por: Cristian Andrés Valencia Ortiz
Comunicador Social y Periodista en formación – Universidad del Tolima
Cuarenta años después de la noche que cambió para siempre la historia del país,
Armero continúa siendo un territorio suspendido entre la memoria y el vacío. La
catástrofe del 13 de noviembre de 1985, provocada por la avalancha del Nevado
del Ruiz, dejó más de 25.000 muertos y un pueblo reducido a escombros. Hoy,
cuatro décadas más tarde, los caminos de tierra, las ruinas cubiertas por maleza y
los monumentos improvisados siguen recordando que aquí hubo vidas, familias,
risas y sueños que la tragedia detuvo de golpe.

se pudo evitar Foto: Diego Vargas.
Cada año, cientos de personas viajan hasta el extinto municipio para participar en
los actos conmemorativos. Este aniversario número 40 adquirió un carácter
especial: una mezcla de duelo acumulado, memoria necesaria y reflexión colectiva
sobre lo que significa vivir con el recuerdo de un desastre anunciado. Aunque el
paso del tiempo ha transformado el paisaje, Armero sigue siendo un lugar donde
el silencio pesa y cada cruce de caminos guarda una historia.
Memoria viva entre ruinas
La jornada inició con recorridos guiados por los sobrevivientes y antiguos
habitantes, quienes señalaron antiguos puntos de referencia: la plaza principal, la
iglesia, las calles donde se tejían las rutinas cotidianas. Para muchos jóvenes que
asistieron por primera vez, sorprenderse al ver un “pueblo fantasma” no fue solo
un ejercicio de aprendizaje, sino una aproximación emocional a un capítulo
doloroso de la historia nacional.
A lo largo del día, familias enteras encendieron velas, dejaron flores y leyeron en
voz alta los nombres de sus seres queridos perdidos. Sobrevivientes que entonces
eran niños compartieron testimonios en diferentes espacios: recuerdos
fragmentados, imágenes que aún duelen y preguntas que nunca han tenido
respuesta. En varias intervenciones públicas, se insistió en que la memoria no solo
honra a quien ya no está, sino que también visibiliza a quienes siguen esperando
respuestas sobre sus familiares desaparecidos.
Para quienes han dedicado su vida a que Armero no se pierda en el olvido, el
aniversario número 40 también representó un llamado al Estado. Organizaciones
de víctimas señalaron que, aunque se han hecho esfuerzos importantes en
materia de preservación histórica y trabajo comunitario, aún queda camino por
recorrer en términos de atención psicosocial, búsqueda de desaparecidos y
consolidación del sitio como un espacio digno de memoria.

Armero) Foto: Cristian Valencia
Armero como lección para el país
Representantes de la Gobernación del Tolima, la Unidad para las Víctimas y otras
entidades resaltaron la importancia de convertir a Armero en un referente
permanente de prevención y gestión del riesgo. Señalaron que la tragedia del 85
fue una advertencia ignorada y que, a cuatro décadas de distancia, Colombia
sigue enfrentando retos similares en zonas vulnerables.
Durante la tarde, se realizaron actos litúrgicos, presentaciones artísticas y
espacios de reflexión comunitaria. Uno de los momentos de mayor recogimiento
ocurrió frente al monumento dedicado a Omaira Sánchez, la niña que se convirtió
en símbolo mundial de la tragedia. Allí, un minuto de silencio reunió a familias,
funcionarios y visitantes en un gesto que confirmó que, incluso después de tantos
años, el dolor sigue presente, pero también una voluntad colectiva de dignificar la
memoria.
El cierre de la jornada dejó una sensación compartida: recordar Armero no es
quedarse en el pasado, sino cuidar el futuro. Las voces que se escucharon en el
lugar coincidieron en la necesidad de fortalecer la relación entre memoria,
educación y prevención para que la historia no vuelva a repetirse.
Cuatro décadas después, Armero sigue vivo en la memoria del país. Es un
territorio marcado por el dolor, pero también un escenario de resistencia,
aprendizaje y homenaje. Allí, la tierra aún habla y los nombres siguen resonando
entre las ruinas, recordándole a Colombia que la memoria es un acto de justicia y
un compromiso con la vida.
