Por Daniel Alejandro Orjuela Quesada – Comunicador social y periodista en formación
En Colombia uno no se da cuenta de que llegó diciembre por el calendario. No. Aquí diciembre entra por los oídos. A veces es un vecino que pone la primera cumbia sin pedir permiso, otras es una tienda que sube el volumen porque “ya es hora”, o un taxista que decide que desde hoy su carro va a sonar a fiesta. Y uno, sin decirlo, sabe que la temporada empezó.
La música decembrina tiene esa magia: apenas suenan los metales, los tambores, esa cadencia tropical tan nuestra, algo se mueve por dentro. Algo que no es exactamente alegría, pero tampoco tristeza. Es un revuelto de nostalgia, fiesta y memoria. Como si cada canción nos devolviera a un diciembre distinto.

Hay canciones que son casi como un olor. “Faltan cinco pa’ las doce” es el aroma de una casa con natilla espesa y buñuelos todavía haciendo burbujas en el aceite. “El año viejo” es el eco de un tío alzando su vaso para brindar, aunque nadie le esté prestando mucha atención. Y “El hijo ausente”… esa es la que duele: la que hace que más de uno mire al piso, respire hondo y piense en quien ya no está.
Pero todas, absolutamente todas, llegan con ese gusto de tradición que no se discute. Porque diciembre es repetición, pero una repetición que no cansa. Uno escucha a Pastor López, a Rodolfo Aicardi, a la Billo’s, a Los Melódicos… ¡los mismos de siempre! Y en vez de aburrirse, siente como si lo estuvieran recibiendo en casa. Es que son voces que llevan décadas cantándonos el cierre de año. Y no importa cuánto cambien las modas, cuánto cambien los géneros, cuánto cambie uno mismo: ellos siempre vuelven. Y uno también vuelve con ellos.
Lo bonito es que estas canciones nos igualan a todos. En un mismo salón puede estar el abuelo que bailaba en los ochenta, el papá que rumbeaba en los noventa, y el hijo que apenas está aprendiendo a mover los pies. Y todos, sin ponerse de acuerdo, conocen el coro. Diciembre tiene ese poder: une lo que a veces el año separa.
En los pueblos, la llegada de esta música se siente más fuerte. La radio del barrio es la encargada de anunciar el inicio oficial de la temporada. Basta que el locutor suelte un “¡Bueno, mi gente, ya huele a buñuelo!” y ponga una cumbia, para que las calles cambien de ánimo. Las tiendas suben el volumen, los vecinos sacan las luces guardadas desde enero, las mamás empiezan a hablar de la novena y de quién trae qué plato este año.
La música decembrina, en el fondo, nos revela algo: que todos tenemos un diciembre favorito guardado en algún rincón. Tal vez uno de infancia, con las luces grandes y de colores, cuando bailábamos sin entender la letra. Tal vez uno de juventud, con amigos, risas y el mundo por delante. O tal vez uno más reciente, marcado por alguien que ya no está, pero que vuelve en forma de canción cuando suena “El hijo ausente”.
Especial sobre música decembrina con fragmentos musicales por Daniel Alejandro Orjuela Quesada
Y es que estas canciones hacen eso: traen gente. Traen recuerdos. Traen versiones de uno mismo. Por eso, cuando llega diciembre, el país entero se sincroniza. Los que están lejos extrañan más; los que están cerca se abrazan más; los que han perdido, lloran distinto; los que celebran, celebran mejor.
Diciembre en Colombia no es solo un mes: es un sonido. Un sonido que no envejece. Un sonido que se repite cada año sin perder la capacidad de tocarnos. Un sonido que, apenas empieza, nos dice sin decirlo:
“Llegó diciembre, mes de parran y animación”.
