EN PRADO, TOLIMA, UN PADRE Y SU HIJO FUERON ASESINADOS EN SU CABAÑA; LA JUSTICIA DEJÓ LIBRES A DOS DE LOS IMPLICADOS

Por Daniel Alejandro Orjuela Quesada
Comunicador Social y Periodista en Formación – Universidad del Tolima

El reloj aún no marcaba las cuatro cuando el murmullo del agua en la represa de Prado dejó de ser calma para convertirse en testigo. En la vereda Isla del Sol, donde las noches suelen traer el canto de los grillos y el rumor del viento sobre los árboles, algo se quebró para siempre.

Hernán López Navarro, un hombre de 62 años, y su hijo, Hernán Felipe, de apenas 26, llegaban en lancha a una cabaña aislada, creyendo que aquella madrugada sería una más. Pero el destino o la maldad humana tenía otros planes. Lo que debía ser una jornada tranquila se transformó en un ritual de horror.

Cuentan los pobladores que el silencio fue tan denso que hasta el agua parecía contener la respiración. Dentro de la cabaña, el padre fue sorprendido, golpeado con violencia inhumana; afuera, su hijo fue bajado de la lancha, arrastrado, amarrado, torturado. Los gritos se perdieron en el eco de la montaña. Nadie los escuchó a tiempo.

Los socorristas los hallaron aún con vida, pero la tortura ya les había arrebatado el aliento. Murieron camino al hospital. Dicen que en el aire del amanecer se podía oler el miedo, la rabia y la impotencia.

Prado, un municipio acostumbrado a despertar con el reflejo dorado del sol sobre su represa, amaneció con un peso en el alma. Nadie podía creer lo ocurrido. La Fiscalía habló de un posible hurto, de una disputa menor… pero para quienes los conocieron, no había palabras que alcanzaran a justificar tanta crueldad.

Hernán y su hijo eran reconocidos comerciantes, hombres de trabajo, de palabra. Por eso, la noticia de que uno de los presuntos asesinos fue capturado trajo un poco de alivio. Pero la calma duró poco. El 6 de noviembre, cuando se supo que dos de los tres implicados habían quedado en libertad, la indignación volvió a encenderse como pólvora.

“Nos sentimos impotentes”, dijo un familiar entre lágrimas. “¿Cómo entender que quienes cometieron algo tan atroz caminen hoy libres?” La respuesta parece perderse entre los pasillos fríos de la justicia, entre expedientes incompletos y trámites que se olvidan.

Hoy, la vereda Isla del Sol sigue igual de serena. El agua corre, las aves vuelan, el motor de la lancha vieja se oxida frente a la orilla. Pero algo en el ambiente cambió. En esas aguas tranquilas habita ahora la memoria del horror, el eco de dos nombres que el Tolima no debería olvidar. Porque más allá del crimen, esta historia es un reclamo: que la justicia no se ahogue en su propia indiferencia. Que la represa, testigo mudo del dolor, devuelva algún día la paz que le arrebataron.